SECCION 22 >
PROBLEMAS DE SALUD DE LA MUJER
CAPITULO 239
Cánceres del aparato reproductor femenino
El cáncer puede aparecer en cualquier
zona del aparato reproductor femenino: la vulva, la vagina, el cuello
uterino, el útero, las trompas de Falopio o los ovarios.
Cáncer de útero
A pesar de que frecuentemente es conocido como cáncer
de útero, también se denomina carcinoma endometrial porque
se inicia en el endometrio (revestimiento interno del útero).
Es el cuarto cáncer más frecuente entre las mujeres y
el más frecuente del aparato reproductor femenino; se desarrolla
después de la menopausia, en particular en las mujeres entre
los 50 y 60 años. Puede diseminarse (metastatizarse) tanto de
forma local como general (desde el útero hacia el canal cervical,
desde el útero hacia arriba hasta las trompas de Falopio y los
ovarios, por el área que rodea el útero, por los vasos
y ganglios linfáticos (sistema linfático), que transportan
la linfa de todo el cuerpo hasta el torrente sanguíneo, o a través
de la circulación sanguínea hasta las partes más
distantes del organismo.
Síntomas y diagnóstico
Las hemorragias provenientes del útero anormales
son el síntoma inicial más frecuente. La hemorragia puede
producirse después de la menopausia, o bien puede ser una hemorragia
recurrente, irregular o copiosa en las mujeres que todavía están
menstruando. Una de cada tres mujeres con hemorragia uterina después
de la menopausia tiene este tipo de cáncer. Debido a que puede
tratarse de un cáncer, una hemorragia anormal por la vagina después
de la menopausia requiere una pronta atención médica.
Hemorragia uterina anormal
El cáncer de útero o de cuello
uterino puede ser una causa de hemorragia uterina anormal.
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Para diagnosticar este cáncer se usan varios
métodos. La prueba de Papanicolaou (Pap), que detecta la presencia
de células cancerosas en el cuello del útero, puede ser
de utilidad, aunque puede pasar por alto dichas células en una
de cada tres ocasiones cuando se trata de un cáncer del útero.
En consecuencia, en estos casos los médicos también pueden
realizar una biopsia de endometrio o un legrado, mediante los cuales
se extrae una muestra de tejido del revestimiento interno del útero
para examinarlo al microscopio.
Si los resultados de la biopsia o del legrado confirman
la presencia de un cáncer endometrial, pueden realizarse pruebas
adicionales para saber si se ha extendido más allá del
útero. Las siguientes exploraciones pueden proporcionar información
útil y al mismo tiempo pueden ayudar a establecer el tratamiento
más adecuado: la ecografía, la tomografía computadorizada
(TC), una cistoscopia (una exploración de la vejiga urinaria
mediante un tubo), el enema con papilla de bario, una radiografía
de tórax, una pielografía intravenosa (una radiografía
que permite ver los riñones y los uréteres), una gammagrafía
de los huesos y del hígado, una sigmoidoscopia (un examen del
recto a través de un tubo) y una linfografía (una radiografía
de los vasos linfáticos a los que se ha inyectado un contraste).
No todas estas pruebas resultan necesarias en todos los casos.
Tratamiento
La histerectomía, que consiste en la extirpación
quirúrgica del útero, es la base del tratamiento de una
mujer con este tipo de cáncer. Si el cáncer no se ha extendido
más allá del útero, la histerectomía es
casi siempre curativa. Durante la operación, el cirujano generalmente
extirpa las trompas de Falopio, los ovarios (salpingooforectomía)
y los ganglios linfáticos adyacentes. A continuación,
un patólogo examina todos estos tejidos para descubrir si el
cáncer se ha extendido y hasta dónde puede haberlo hecho,
y de esta manera poder establecer si es necesaria la radioterapia después
de la intervención quirúrgica.
Aunque el cáncer parezca limitado, el médico
puede aconsejar la administración de fármacos (quimioterapia)
después de la cirugía, por si aún quedaran algunas
células cancerosas que no se hubieran detectado. Por lo general,
se emplean hormonas que interrumpen el crecimiento del cáncer.
La administración de progestágenos (a partir de la progesterona,
una hormona femenina que bloquea los efectos del estrógenos,
y otras hormonas similares) suele dar buenos resultados.
Si el cáncer se ha extendido por fuera del
útero, es posible que se necesiten dosis más altas de
progestágenos, ya que reducen el tamaño del cáncer
hasta el 40 por ciento de las mujeres con metástasis y controlan
su extensión durante 2 a 3 años. El tratamiento puede
continuarse indefinidamente si es eficaz. Los efectos secundarios de
estos fármacos incluyen aumento de peso por la retención
de líquidos y a veces depresión.
Si el cáncer se ha extendido o no responde
al tratamiento hormonal, pueden añadirse otros fármacos
(como ciclofosfamida, doxorrubicina y cisplatino). Estos fármacos,
que son mucho más tóxicos que los progestágenos,
tienen muchos efectos secundarios. Por este motivo, antes de elegir
un determinado tratamiento se sopesan cuidadosamente los riesgos y los
beneficios de la quimioterapia anticancerosa.
Del total de las mujeres afectadas, casi dos tercios
sobreviven y no presentan evidencia de cáncer 5 años después
del diagnóstico, menos de un tercio fallecen a causa de esta
enfermedad y casi una décima parte sobreviven más tiempo,
aunque siguen teniendo el cáncer. Si el cáncer se descubre
en sus primeras fases, casi el 90 por ciento de las mujeres tiene una
esperanza de vida de al menos 5 años y la mayoría se cura.
El índice de supervivencia es mayor en las mujeres más
jóvenes, en aquellas cuyo cáncer no ha sobrepasado el
útero y cuando el cáncer es un crecimiento más
lento.
Cáncer del cuello uterino
El cuello interno del útero o cérvix
es el extremo inferior del útero, el cual llega hasta el interior
de la vagina. De los cánceres que afectan al aparato reproductor
femenino, el cáncer cervical (carcinoma cervical) es el segundo
más frecuente entre todas las mujeres y el más frecuente
entre las mujeres más jóvenes. En general afecta a mujeres
entre 35 y 55 años. Este tipo de cáncer puede estar ocasionado
por un virus (el papilomavirus humano) que se contagia a través
de las relaciones sexuales.
El riesgo de cáncer cervical parece que es
mayor a medida que disminuye la edad en que la mujer tuvo su primera
relación sexual y también aumenta en relación con
el mayor número de parejas sexuales. El hecho de no hacerse una
prueba de Papanicolaou (Pap) regularmente también aumenta el
riesgo.
Casi
el 85 por ciento de los cánceres cervicales son carcinomas de
células escamosas, que se desarrollan en las células escamosas,
planas y similares a la piel que recubren el exterior del cuello interno
del útero. La mayoría de los demás cánceres
se desarrollan a partir de células glandulares (adenocarcinomas)
o de una combinación de distintos tipos de células (carcinomas
adenoescamosos).
Cuando el cáncer cervical invade el cuello
uterino, penetra en la rica red de diminutos vasos sanguíneos
y linfáticos que tapizan su interior y en consecuencia se disemina
a otras partes del organismo. De este modo, el cáncer puede extenderse
hacia áreas distantes o cercanas del cuello uterino.
Síntomas y tratamiento
Los síntomas incluyen pequeñas pérdidas
entre las menstruaciones o hemorragias después del coito. Es
posible que la mujer no tenga ningún dolor ni síntoma
hasta las últimas fases de la enfermedad, pero las Pap realizadas
sistemáticamente pueden detectar el cáncer cervical de
forma precoz. El cáncer cervical comienza con cambios lentos
y progresivos en las células normales y tarda varios años
en desarrollarse. Estos cambios progresivos se observan al microscopio
colocando las células extraídas mediante la técnica
Pap sobre un portaobjetos. Los patólogos han descrito estos cambios
en distintos estadios que van desde la normalidad hasta el cáncer
invasivo.
La Pap puede detectar de forma exacta y poco costosa
hasta un 90 por ciento de los cánceres cervicales, incluso antes
de que aparezcan los síntomas. En consecuencia, el número
de muertes por esta enfermedad se ha reducido en más del 50 por
ciento. Es recomendable que las mujeres se hagan su primera Pap cuando
comienzan a ser sexualmente activas o a partir de los 18 años
y que lo repitan sucesivamente una vez al año. Si los resultados
son normales durante 3 años consecutivos, entonces la prueba
puede espaciarse y realizarla cada 2 o 3 años, siempre que no
se cambie el hábito de vida. Si todas las mujeres se sometieran
a la Pap de forma periódica, podrían eliminarse las muertes
causadas por esta clase de cáncer. Sin embargo, casi el 40 por
ciento de las mujeres de los países desarrollados no se hace
la prueba regularmente.
Si se encuentra una masa, una úlcera u otra
formación sospechosa sobre el cuello uterino durante una exploración
pélvica, o si los resultados de las Pap indican una anomalía
o cáncer, se debe realizar una biopsia (extracción de
una muestra de tejido para examinarla al microscopio). La muestra de
tejido se obtiene durante una colposcopia, en la que se usa un tubo
de visualización con una lente de aumento (colposcopio) para
examinar el cuello interno del útero minuciosamente y escoger
el lugar idóneo de la biopsia. Se realizan dos clases de biopsia:
la biopsia en sacabocados, en la que se extrae una diminuta porción
del cuello uterino que se selecciona visualmente con el colposcopio,
y el legrado endocervical, en el que se raspa el tejido del canal del
cuello inaccesible visualmente. Ambos procedimientos son un poco dolorosos
y producen una pequeña hemorragia, aunque juntos suelen proporcionar
suficiente tejido para que el patólogo establezca un diagnóstico.
Si éste no resulta claro, se realiza una conización, en
la que se extrae una mayor porción de tejido. Por lo general,
esta biopsia se realiza mediante escisión electroquirúrgica
en la propia consulta del médico.
Una vez que se ha establecido el diagnóstico,
se deben determinar el tamaño y la localización exacta
del cáncer (es decir, se realiza un estadiaje). El proceso se
inicia con una exploración física de la pelvis y varias
pruebas (cistoscopia, radiografía de tórax, pielografía
intravenosa, sigmoidoscopia) para determinar si el cáncer cervical
se ha extendido a otras estructuras circundantes o a partes más
distantes del cuerpo. Así mismo, pueden realizarse otras pruebas,
como una tomografía computadorizada, una enema con papilla de
bario y radiografías de huesos e hígado, dependiendo de
las características de cada caso.
Tratamiento
El tratamiento depende del estadio en que se encuentre
el cáncer.
Si el cáncer está confinado a la capa
más externa del cérvix (carcinoma in situ), a menudo se
puede eliminar el cáncer por completo extrayendo parte del cérvix
con un bisturí o mediante escisión electroquirúrgica.
Este tratamiento tiene la ventaja de no alterar la capacidad de tener
hijos. Pero ya que es posible que el cáncer recidive, los médicos
aconsejan que las mujeres se realicen revisiones y Pap cada 3 meses
durante el primer año y cada 6 meses a partir de este momento.
Si una mujer tiene un carcinoma in situ y no desea tener hijos, es recomendable
la extirpación del útero (histerectomía).
Si
el cáncer está en un estadio más avanzado, es necesario
realizar una histerectomía más una extracción de
estructuras adyacentes (histerectomía radical) y de ganglios
linfáticos. Los ovarios, si son normales y funcionan correctamente,
no se extirpan cuando las mujeres son jóvenes.
La radioterapia también es muy efectiva para
el tratamiento del cáncer cervical avanzado que no se ha extendido
más allá de la región pélvica. A pesar de
que causa pocos o ningún problema inmediato, puede provocar irritación
en el recto y la vagina. Las lesiones en la vejiga y el recto pueden
producirse incluso tiempo después, y los ovarios, en general,
dejan de funcionar.
Cuando el cáncer se ha extendido más
allá de la pelvis, a veces se debe recurrir a la quimioterapia.
Sin embargo, sólo es eficaz en el 25 al 30 por ciento de los
casos tratados y los efectos habitualmente son temporales.
Cáncer de ovario
El cáncer de ovario (carcinoma de ovario)
se desarrolla sobre todo en las mujeres de entre 50 y 70 años;
globalmente, alrededor de 1 de cada 7 mujeres desarrolla esta enfermedad.
Es el tercer cáncer más frecuente del aparato reproductor
femenino, pero en cambio mueren más mujeres de cáncer
de ovario que de cualquier otro que afecte al aparato reproductor.
Los ovarios incluyen varios tipos de células,
cada una de las cuales puede transformarse en una clase distinta de
cáncer. Se han identificado al menos 10 clases diferentes de
cánceres ováricos, por lo que el tratamiento y las perspectivas
de recuperación difieren según el tipo específico.
Las células ováricas cancerosas pueden
extenderse directamente hasta el área que las rodea y por el
sistema linfático hacia otras partes de la pelvis y el abdomen.
Las células cancerosas también pueden propagarse por la
circulación sanguínea y finalmente aparecen en puntos
distantes del cuerpo, sobre todo el hígado y los pulmones.
Tumor de ovario
El cáncer de ovario puede diseminarse
a través de los ganglios linfáticos a otros órganos
de la pelvis y del abdomen (1). Por la circulación sanguínea
puede diseminarse a órganos más distantes, principalmente
el hígado (2) y los pulmones (3).
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Síntomas y diagnóstico
Un cáncer de ovario puede alcanzar un tamaño
considerable antes de provocar síntomas. El primer síntoma
puede ser un ligero malestar en la parte inferior del abdomen, similar
a una indigestión; la hemorragia uterina no es frecuente. El
hecho de que una paciente posmenopáusica tenga ovarios de mayor
tamaño puede ser un signo precoz de cáncer, a pesar de
que su crecimiento también puede deberse a quistes, a masas no
cancerosas y a otros trastornos. Así mismo, puede aparecer líquido
en el abdomen y éste puede hincharse, debido a ello o al aumento
de tamaño del ovario. En esta fase, la mujer puede tener dolor
en la pelvis, anemia y pérdida de peso. En algún caso
excepcional, el cáncer de ovario secreta hormonas que producen
un crecimiento excesivo del revestimiento interno uterino, un aumento
en el tamaño de las mamas o un mayor desarrollo del vello.
El diagnóstico de cáncer de ovario
en sus primeros estadios es difícil de establecer, porque los
síntomas habitualmente no aparecen hasta que el cáncer
se ha diseminado y porque muchas otras enfermedades menos graves tienen
síntomas similares.
Si se sospecha la existencia de este cáncer,
es necesario hacer una ecografía o una tomografía computadorizada
(TC) para tener más información acerca del agrandamiento
del ovario. En ciertos casos, los ovarios se visualizan directamente
con un laparoscopio, un pequeño tubo que se inserta a través
de una diminuta incisión en la pared abdominal y que permite
ver los órganos a través de él. Si los resultados
de la exploración sugieren la presencia de un quiste, sería
aconsejable que la mujer se hiciera revisiones periódicas mientras
el quiste siga existiendo. Sin embargo, si los resultados no son convincentes
y se sospecha que existe cáncer de ovario, se lleva a cabo una
intervención quirúrgica abdominal para hacer el diagnóstico
y determinar hasta dónde se ha extendido el cáncer (estadiaje)
y cómo tratarlo.
Cuando se acumula líquido en el abdomen,
puede aspirarse con una aguja y se examina una muestra para comprobar
si hay células cancerosas.
Tratamiento
El tratamiento del cáncer de ovario es quirúrgico.
El alcance de la cirugía depende del tipo específico de
cáncer y de su estadio. Si no se ha extendido más allá
del ovario, es posible extirpar sólo el ovario afectado y la
trompa de Falopio del mismo lado. Cuando el cáncer se ha propagado
ya más allá del ovario, deben extirparse los dos ovarios
y el útero, así como los ganglios linfáticos de
alrededor y todas aquellas estructuras circundantes por las que el cáncer
suele extenderse.
Después de la cirugía, puede administrarse
radioterapia y quimioterapia para destruir cualquier pequeña
zona cancerosa residual. El cáncer de ovario que ya se ha diseminado
(ha dado lugar a metástasis) es difícil de curar.
Cinco años después del diagnóstico,
el índice de supervivencia de las mujeres con las clases más
frecuentes de cáncer de ovario es del 15 al 85 por ciento. Este
margen tan amplio refleja diferencias en la agresividad de ciertos cánceres
y en las distintas respuestas inmunológicas entre unas mujeres
y otras contra el cáncer.
Cáncer de vulva
La vulva está formada por los órganos
reproductores femeninos externos. El cáncer o carcinoma de vulva
representa del 3 al 4 por ciento de todos los cánceres del aparato
reproductor femenino y, por lo general, aparece después de la
menopausia. A medida que la población vaya envejeciendo, se espera
una mayor incidencia de esta enfermedad.
El cáncer de vulva es sobre todo un cáncer
de piel localizado cerca o en el mismo orificio de la vagina. Los mismos
tipos de células que dan lugar al cáncer de piel (células
escamosas y basales) también están presentes en la mayoría
de los cánceres de vulva. Alrededor del 90 por ciento de estos
cánceres son carcinomas de células escamosas y un 4 por
ciento son carcinomas de células basales. El 6 por ciento restante
son cánceres raros (enfermedad de Paget, cáncer de la
glándulas de Bartholin, melanomas y otros).
Al igual que otros cánceres de piel, los
de vulva se inician en la superficie y al principio no crecen mucho
más. A pesar de que algunos pueden ser agresivos, la mayoría
crecen con relativa lentitud. Ahora bien, si no se lleva a cabo ningún
tratamiento pueden invadir la vagina, la uretra o el ano y extenderse
hacia la red de ganglios linfáticos del área afectada.
Síntomas y diagnóstico
Los cánceres de vulva pueden verse fácilmente
y son como masas inusuales o úlceras que aparecen cerca del orificio
de la vagina o en el mismo orificio. Otras veces son como zonas de tejido
descamado o con alteraciones de la coloración; el tejido circundante
puede retraerse y arrugarse. Por lo general, la mujer siente un ligero
malestar, aunque también puede notar picor. Finalmente, pueden
producirse hemorragias o pérdidas (secreción acuosa).
Estos síntomas indican la necesidad de una pronta asistencia
médica.
Para establecer el diagnóstico es preciso
realizar una biopsia. Después de anestesiar el lugar de la biopsia,
el médico extrae una pequeña cantidad de piel anormal
para determinar si se trata de un cáncer y no de una infección
o de una simple irritación. Así mismo, la identificación
de la clase de cáncer, en caso de que exista, permite desarrollar
la estrategia del tratamiento.
Tratamiento
El tratamiento consiste en la vulvectomía,
que es una intervención quirúrgica dirigida a extirpar
la gran cantidad de tejido que rodea el orificio de la vagina. En todos
los cánceres, excepto en los más pequeños, la vulvectomía
es necesaria para extirpar el carcinoma de vulva de células escamosas.
Este tipo de resección amplia se lleva a cabo ya que esta clase
de cáncer se extiende rápidamente hacia los tejidos y
ganglios linfáticos circundantes. Como la vulvectomía
puede incluir la extirpación del clítoris, los médicos
y la mujer deben establecer un plan de tratamiento conjunto que abarque
todos los aspectos implicados, así como que tenga en cuenta tanto
los problemas médicos, la edad y el grado de actividad sexual.
Por lo general, el coito es posible después de una vulvectomía.
En los casos muy avanzados en los que parezca poco probable conseguir
la curación completa puede aplicarse radioterapia después
de la cirugía. Si el cáncer se detecta a tiempo, el 75
por ciento de las mujeres no presenta signos de cáncer 5 años
después del diagnóstico; si resulta que algunos ganglios
linfáticos están afectados, el índice de supervivencia
es inferior al 50 por ciento.
Debido a que el cáncer vulvar de células
basales no tiende a producir metástasis en puntos alejados, suele
bastar con una intervención quirúrgica local. No es necesaria
la escisión de toda la vulva, a menos que el cáncer afecte
a un área extensa.
Cáncer de vagina
Sólo alrededor del uno por ciento de los
cánceres del aparato reproductor femenino aparece en la vagina.
El cáncer o carcinoma de vagina afecta a las mujeres de entre
45 y 65 años, y más del 95 por ciento de estos cánceres
son carcinomas de células escamosas y en consecuencia se parecen
a los cánceres de cuello uterino y de vulva. El carcinoma vaginal
de células escamosas puede estar producido por el papilomavirus
humano, la misma clase de virus que provoca verrugas genitales y cáncer
cervical. El carcinoma de células claras, un cáncer de
vagina poco frecuente, aparece casi exclusivamente en mujeres cuyas
madres tomaron el fármaco dietilestilbestrol (DES) durante el
embarazo.
Síntomas y diagnóstico
El cáncer de vagina destruye el revestimiento
interno de la vagina y provoca úlceras que pueden sangrar e infectarse.
También puede producirse una secreción acuosa o de sangre,
acompañada de dolor, durante el coito. Si el tumor crece demasiado,
incluso puede afectar a la función de la vejiga y del recto y,
en consecuencia, la mujer puede sentir la necesidad de orinar de forma
imperiosa e incluso sentir dolor con la micción.
Cuando se sospecha la presencia de un cáncer
de vagina, el médico raspa células de la pared vaginal
para examinarlas al microscopio y realiza una biopsia de cualquier formación,
úlcera u otra área sospechosa que pueda observar durante
la exploración pélvica. Por lo general, la biopsia se
realiza durante la colposcopia.
Tratamiento
El tratamiento depende tanto de la localización
del cáncer como de su tamaño. Sin embargo, todos los cánceres
vaginales pueden ser tratados con radioterapia.
Cuando el cáncer está localizado en
el tercio superior de la vagina, el médico puede practicar una
histerectomía y extirpar los ganglios linfáticos pélvicos
y la parte superior de la vagina, o bien puede aplicar radioterapia.
El cáncer localizado en el tercio medio de la vagina se trata
con radioterapia, mientras que si se sitúa en la parte inferior
puede realizarse una extirpación quirúgica o aplicar radioterapia.
El coito puede resultar difícil o imposible
después del tratamiento del cáncer vaginal, a pesar de
que, en ocasiones, se puede construir una nueva vagina con injertos
de piel o con parte del intestino. El índice de supervivencia
a los 5 años gira en torno al 30 por ciento.
Cáncer de las trompas de Falopio
Este cáncer es el más raro de todos
los que afectan al aparato reproductor femenino. Los síntomas
son un cierto malestar abdominal y ocasionalmente una secreción
acuosa o teñida de sangre que proviene de la vagina. En general,
se detecta una masa de gran tamaño en la pelvis y el diagnóstico
se realiza después de su extirpación. Casi siempre es
necesario practicar una histerectomía con extirpación
de los ovarios y demás áreas circundantes, seguida de
quimioterapia. El pronóstico es similar al del cáncer
de ovario.
Mola hidatiforme
Una mola hidatiforme es una masa tumoral formada
por tejido de la placenta o de las membranas.
Una mola hidatiforme se desarrolla a partir de células
que quedan después de un aborto espontáneo o de un embarazo
completo, pero en la mayoría de los casos lo hace a partir de
un óvulo fecundado, el cual se desarrolla como un tumor anómalo
independiente (embarazo molar). Sólo en muy raras ocasiones,
la placenta puede desarrollarse anormalmente si el feto es normal. Más
del 80 por ciento de las molas hidatiformes son benignas; no obstante,
el 15 por ciento invade el tejido que las rodea (mola invasiva), y del
2 al 3 por ciento se disemina por todo el organismo (coriocarcinoma).
El riesgo de que apareczan molas hidatiformes es
mayor en las mujeres que quedan embarazadas entre los 35 y los 45 años.
Según algunas estadísticas, estas molas aparecen en alrededor
de 1 de cada 2 000 embarazos y, por razones desconocidas, son casi 10
veces más frecuentes entre las asiáticas.
Síntomas y diagnóstico
Las molas hidatiformes suelen producir síntomas
poco después de la concepción. La mujer siente que está
embarazada, pero el tamaño de su abdomen no se corresponde con
el de un embarazo normal, porque la mola que se encuentra en el útero
crece rápidamente. Son frecuentes náuseas y vómitos
intensos y en ciertos casos también puede ocurrir hemorragia
vaginal; estos síntomas indican la necesidad de acudir al médico
inmediatamente. Las molas hidatiformes pueden causar graves complicaciones,
como infecciones, hemorragia y toxemia del embarazo.
Si la mujer tiene una mola hidatiforme en lugar
de un embarazo normal, no se detectan movimiento fetal ni latidos cardíacos.
Durante el proceso de degeneración de la mola se expulsan pequeñas
cantidades de material similar a granos de uva por la vagina. El patólogo
puede examinar este material al microscopio para confirmar el diagnóstico.
El médico puede solicitar una ecografía
para comprobar que se trata de una mola hidatiforme y no de un feto
o un saco amniótico (las membranas que contienen el feto y el
líquido que lo rodea). Pueden realizar análisis de sangre
para medir la concentración de gonadotropina coriónica
humana (una hormona producida al comienzo del embarazo). Si existe una
mola hidatiforme, el valor es muy alto debido a que produce una gran
cantidad de esta hormona. Esta prueba es menos útil al inicio
del embarazo, porque los valores de la hormona también son altos.
Tratamiento
La mola hidatiforme debe extirparse por completo.
En general, el tratamiento de elección es el legrado por aspiración
después de dilatar el cuello uterino. Sólo en muy raras
ocasiones se realiza una histerectomía.
Tras la cirugía, se mide la concentración
de gonadotropina coriónica humana para determinar si la extirpación
ha sido completa. Si es así, el valor de esta hormona vuelve
a la normalidad, en unas 8 semanas, y se mantiene en esos valores. Si
una mujer a la que se le ha extirpado una mola queda embarazada, es
difícil interpretar un valor alto de gonadotropina coriónica
humana, porque podría estar causado tanto por el embarazo como
por una parte de la mola que no se ha extirpado. En consecuencia, a
las mujeres a las que se les ha extirpado una mola se les recomienda
no quedar embarazadas durante un año.
Las molas hidatiformes benignas no necesitan quimioterapia,
pero las malignas sí. Los fármacos que se usan para este
tratamiento son el metotrexato, la dactinomicina o una combinación
de ambos.
El índice de curación es virtualmente
del 100 por cien en las mujeres en que la enfermedad es menos avanzada
y del 85 por ciento en las que se ha extendido ampliamente. La mayoría
de las mujeres curadas de mola hidatiforme conservan la capacidad reproductora.