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TRASTORNOS DEL RIÑON Y DE LAS VIAS URINARIAS
CAPITULO 127
Infecciones de las vías urinarias
En las personas sanas, la orina de la vejiga
es estéril: en ella no hay ninguna bacteria ni ningún
otro organismo infeccioso. La uretra, el conducto que transporta la
orina desde la vejiga hasta fuera del cuerpo, tampoco contiene organismos
infecciosos o bien demasiado pocos como para poder causar una infección.
Sin embargo, cualquier parte de las vías urinarias puede infectarse.
Estas infecciones se clasifican generalmente en infecciones de las vías
urinarias inferiores o superiores; las inferiores se refieren a las
infecciones de la uretra o de la vejiga, y las superiores a las de los
riñones o de los uréteres.
Los microorganismos que provocan la infección,
por lo general, entran en las vías urinarias por dos caminos.
El más frecuente es a través del extremo inferior de las
vías urinarias, o sea la abertura en la punta del pene en el
varón o la abertura de la uretra en la mujer, que se localiza
en la vulva. El resultado es una infección ascendente que se
extiende hacia la uretra. La otra vía posible, mucho menos frecuente,
es a través del flujo sanguíneo, generalmente, directo
a los riñones. 
Las infecciones de las vías urinarias pueden
estar causadas por bacterias, virus, hongos o una variedad de parásitos.
Bacterias: las infecciones bacterianas de las vías
urinarias inferiores (la vejiga y la uretra) son muy frecuentes. En
los recién nacidos varones son más corrientes que en las
mujeres, pero se vuelven aproximadamente 10 veces más frecuentes
en las niñas que en los niños, al año de edad.
Alrededor del 5 por ciento de las mujeres adolescentes desarrollan infecciones
de las vías urinarias alguna vez, pero los varones adolescentes
rara vez las padecen. Entre los 20 y los 50 años, las infecciones
de las vías urinarias son aproximadamente 50 veces más
frecuentes en las mujeres que en los varones. En los años posteriores,
las infecciones se vuelven más frecuentes tanto en varones como
en mujeres, con menor diferencia entre uno y otro sexo.
Más del 85 por ciento de las infecciones
de las vías urinarias son provocadas por bacterias provenientes
de los propios intestinos o de la propia vagina. Sin embargo, habitualmente,
las bacterias que penetran en las vías urinarias son expulsadas
por el efecto de chorro de la vejiga al vaciarse.
Virus: las infecciones por el virus del herpes simple
tipo 2 (VHS-2) afectan al pene en los varones y pueden afectar a la
vulva, al perineo, a las nalgas, al cuello del útero o a la vagina
en las mujeres. Si afecta a la uretra, la micción puede ser dolorosa
y dificultarse el vaciado de la vejiga.
Hongos: las infecciones por hongos de las vías
urinarias están provocadas principalmente por Candida (levadura
que causa candidiasis) y se producen sobre todo en personas con una
sonda vesical. En casos raros, otros tipo de hongos, incluyendo los
que provocan blastomicosis (Blastomyces) o coccidioidomicosis (Coccidioides),
pueden también infectar las vías urinarias. Con frecuencia,
los hongos y las bacterias infectan a los riñones al mismo tiempo.
Parásitos: Un cierto número de parásitos,
incluyendo las lombrices, pueden provocar infecciones de las vías
urinarias. El paludismo, una enfermedad causada por parásitos
protozoarios transportados por los mosquitos, puede obstruir los pequeños
vasos sanguíneos de los riñones o lesionar rápidamente
los glóbulos rojos (hemólisis), provocando insuficiencia
renal aguda. La tricomoniasis, causada también por un protozoo,
es una enfermedad transmitida por vía sexual que puede producir
un copioso flujo espumoso de color amarillo verdoso por la vagina. La
vejiga se infesta muy rara vez. La tricomoniasis en los varones generalmente
no produce síntomas, aunque puede provocar la inflamación
de la próstata (prostatitis).
La esquistosomiasis, una infección provocada
por lombrices, puede afectar a los riñones, los uréteres
y la vejiga y es una causa frecuente de insuficiencia renal grave entre
las personas que viven en Egipto y Brasil. La infección causa
infecciones persistentes de la vejiga que pueden finalmente terminar
en cáncer. La filariasis, una infección provocada por
una lombriz intestinal, obstruye los vasos linfáticos, provocando
la presencia de linfa en la orina (quiluria). La filariasis provoca
una enorme hinchazón de los tejidos (elefantiasis), que puede
incluir el escroto y las extremidades inferiores.
Uretritis
La uretritis es una infección de la uretra,
el conducto que lleva la orina desde la vejiga al exterior del cuerpo.
La uretritis puede estar causada por bacterias,
hongos o virus. En las mujeres, los microorganismos generalmente se
desplazan a la uretra desde la vagina. En la mayor parte de los casos,
las bacterias llegan desde el intestino grueso y alcanzan la vagina
desde el ano. Los varones son mucho menos propensos a desarrollar uretritis.
Los microorganismos transmitidos por vía sexual, como la Neisseria
gonorrhoeae, que causa la gonorrea, alcanzan la vagina o el pene durante
un acto sexual con una persona infectada y se pueden extender hacia
la uretra. El microorganismo gonococo es la causa más frecuente
de uretritis en los varones. Este microorganismo puede infectar la uretra
en las mujeres, pero la vagina, el cuello uterino, el útero,
los ovarios y las trompas de Falopio tienen una mayor probabilidad de
ser infectados. La clamidia y el virus del herpes simple también
se pueden transmitir sexualmente y provocar uretritis.
Uretritis
La uretritis es la inflamación a lo
largo del conducto uretral.
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Síntomas
En los varones, la uretritis generalmente comienza
con una secreción purulenta de la uretra, cuando la causa es
el microorganismo gonococo, o de mucosidad cuando se trata de otros
microorganismos. Otros síntomas de uretritis son dolor durante
la micción y una frecuente y urgente necesidad de orinar. Una
infección de la vagina puede provocar dolor durante la micción
a medida que la orina, que es ácida, pasa por encima de los labios
inflamados.
Una infección de la uretra por gonococo que
no se trata, o que se trata de manera inapropiada, puede causar a largo
plazo un estrechamiento (estenosis) de la uretra. La estenosis aumenta
el riesgo de producir una uretritis más aguda y, a veces, la
formación de un absceso alrededor de la uretra. El absceso puede
producir abombamientos de la pared uretral (divertículos en la
uretra) que también se pueden infectar. Si el absceso perfora
la piel, la orina podría fluir a través del nuevo conducto
formado (fístula uretral).
Diagnóstico y tratamiento
El diagnóstico de uretritis por lo general
se realiza considerando únicamente los síntomas. Se recoge
una muestra (frotis uretral) de la supuración, si existe, y se
envía al laboratorio para su análisis con el fin de identificar
el organismo infeccioso.
El tratamiento depende de la causa de la infección.
Si se trata de una infección bacteriana, se administran antibióticos.
Una infección causada por el virus del herpes simple se puede
tratar con un fármaco antivírico, como el aciclovir.
Cistitis
La cistitis es una infección de la vejiga
urinaria.
Las infecciones de la vejiga urinaria son frecuentes
en las mujeres, particularmente durante el período fértil.
Algunas mujeres desarrollan infecciones repetidas de la vejiga urinaria.
Las bacterias de la vagina pueden desplazarse a
la uretra y al interior de la vejiga. Las mujeres contraen con frecuencia
infecciones de la vejiga después de una relación sexual,
probablemente porque la uretra ha sufrido contusiones durante la misma.
En casos muy particulares, las infecciones repetidas de la vejiga en
las mujeres son originadas por una conexión anómala entre
ésta y la vagina (fístula vesicovaginal), sin que exista
ningún otro síntoma.
Las infecciones de la vejiga urinaria son menos
frecuentes en los varones y se inician, generalmente, con una infección
en la uretra que se extiende a la próstata y posteriormente a
la vejiga. Por otro lado, una infección de la vejiga puede ser
provocada por un catéter o un instrumento utilizado durante un
acto quirúrgico. La causa más frecuente en los varones,
de infecciones a repetición, es una infección bacteriana
persistente en la próstata. Aunque los antibióticos eliminan
rápidamente las bacterias de la orina en la vejiga, la mayoría
de estos fármacos no puede penetrar lo suficientemente bien dentro
de la próstata para curar una infección en la misma. En
consecuencia, cuando se interrumpe la terapia con fármacos, las
bacterias que han quedado en la próstata vuelven a infectar la
vejiga.
En casos excepcionales, puede crearse una conexión
anómala entre la vejiga y el intestino (fístula enterovesical),
permitiendo a veces que las bacterias que producen gas penetren en la
vejiga y se desarrollen allí. Estas infecciones pueden producir
burbujas de aire en la orina (neumaturia).
Síntomas
Las infecciones de la vejiga generalmente producen
una frecuente y urgente necesidad de orinar y una sensación de
ardor o dolor durante la micción. Por lo general, el dolor se
siente por encima del pubis y, a menudo, también en la parte
inferior de la espalda. Otro síntoma es la micción frecuente
durante la noche. A menudo, la orina es turbia y en aproximadamente
el 30 por ciento de los casos contiene sangre visible. Los síntomas
pueden desaparecer sin necesidad de aplicar ningún tratamiento.
A veces, una infección de la vejiga no produce síntomas
y se descubre cuando se efectúa un análisis de orina por
otros motivos. Las infecciones asintomáticas de la vejiga son
especialmente frecuentes en las personas de edad avanzada, pudiendo
desarrollar como resultado una incontinencia urinaria.
Cistitis
La cistitis es una inflamación de la vejiga urinaria,
y es más frecuente en la mujer.
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Una persona con un mal funcionamiento de los nervios
de la vejiga (vejiga neurogénica) o que ha tenido de forma ininterrumpida
una sonda dentro de la misma, puede tener una infección de la
vejiga que no produzca síntomas hasta que se desarrolla una infección
renal o aparece una fiebre inexplicable.
Diagnóstico
El médico puede diagnosticar una infección
de la vejiga basándose sólo en los síntomas característicos.
Se recoge una muestra de orina (en envase esterilizado), evitando la
contaminación por bacterias de la vagina o de la punta del pene.
El sujeto comienza a orinar dentro del inodoro, interrumpiendo la micción
momentáneamente, para finalizarla dentro de un envase esterilizado.
Se examina microscópicamente la muestra de orina para ver si
contiene glóbulos rojos, blancos u otras sustancias. Se cuentan
las bacterias y se efectúa un cultivo de la muestra para identificar
el tipo de bacteria. Cuando existe infección, por lo general
se encuentra presente un gran número de un tipo concreto de bacteria.
En los varones, por lo general, una muestra del
flujo medio de orina es suficiente para el diagnóstico. En las
mujeres, estas muestras están a veces contaminadas por bacterias
de la vagina. Para asegurarse de que la orina no está contaminada,
con frecuencia el médico debe obtener una muestra de orina directamente
de la vejiga con una sonda.
Es importante hallar la causa de las infecciones
recidivantes frecuentes. Los médicos pueden efectuar un estudio
con rayos X utilizando una sustancia radiopaca, visible con los rayos
X, que se inyecta dentro de una vena y es excretada posteriormente por
los riñones a la orina. Las secuencias radiográficas proporcionan
imágenes de los riñones, los uréteres y la vejiga.
La cistouretrografía consiste en la introducción de la
sustancia radiopaca en el interior de la vejiga y el registro de su
salida; es un buen método para investigar el reflujo de la orina
desde la vejiga, particularmente en los niños, pudiéndose
también identificar cualquier estrechamiento de la uretra. En
la uretrografía retrógrada, la sustancia radiopaca se
introduce directamente dentro de la uretra; es útil para la detección
de un estrechamiento, protrusiones, o conexiones anormales (fístulas)
de la uretra, tanto en varones como en mujeres. La observación
directa del interior de la vejiga con un endoscopio de fibra óptica
(cistoscopia) puede ayudar a diagnosticar el problema cuando una infección
de la vejiga no mejora con el tratamiento.
Tratamiento
En las personas de edad avanzada, la infección
que no produce síntomas, generalmente, no requiere tratamiento.
Como primera medida, beber una gran cantidad de
líquidos a menudo elimina una infección leve de la vejiga.
El chorro de la orina empuja muchas bacterias fuera del cuerpo y las
defensas naturales eliminan las restantes.
Antes de prescribir antibióticos, el médico
determina si el paciente padece algún trastorno que pueda agravar
la infección de la vejiga, como una alteración de la estructura
o de la actividad nerviosa, una diabetes o un sistema inmune debilitado,
que puede reducir la capacidad para combatir la infección. Tales
situaciones pueden requerir un tratamiento más enérgico,
especialmente porque es probable que la infección reaparezca
apenas se suspenda el tratamiento antibiótico.
La ingestión oral de un antibiótico
durante 3 días, o incluso en una sola dosis, es generalmente
eficaz siempre que la infección no haya originado complicaciones.
Para infecciones más persistentes, normalmente se toma un antibiótico
durante 7 a 10 días.
Se pueden tomar antibióticos de manera continua
en dosis bajas, como prevención (profilaxis) contra la infección,
en el caso de personas que tienen más de dos infecciones de la
vejiga urinaria al año. El costo anual es solamente una cuarta
parte del costo del tratamiento de tres o cuatro infecciones al año.
Normalmente, el antibiótico se toma a diario, tres veces a la
semana, o inmediatamente después de una relación sexual.
Para aliviar los síntomas, especialmente
la urgencia urinaria frecuente y pertinaz y la micción dolorosa,
se utiliza una variedad de fármacos. Algunos, como la atropina,
pueden calmar los espasmos musculares. Otros, como la fenazopiridina,
reducen el dolor aliviando los tejidos inflamados. Con frecuencia, se
pueden aliviar los síntomas haciendo que la orina se vuelva alcalina,
lo que se consigue bebiendo bicarbonato sódico disuelto en agua.
La cirugía puede ser necesaria para suprimir
una obstrucción física del flujo de la orina (uropatía
obstructiva) o para corregir una anomalía estructural que aumente
las probabilidades de infección, como es el caso de un útero
y una vejiga caídos. El drenaje de la orina de una zona obstruida
a través de un catéter ayuda a controlar la infección.
Por lo general, antes de la cirugía se administra un antibiótico
para reducir el riesgo de extensión de la infección por
todo el cuerpo.
Cistitis intersticial
La cistitis intersticial es una inflamación
dolorosa de la vejiga.
Se desconoce la causa de esta inflamación,
puesto que no se encuentran microorganismos infecciosos en la orina.
Afecta habitualmente a mujeres de mediana edad. Los síntomas
son micción dolorosa y frecuente, y la orina a menudo contiene
pus y sangre que se detectan con un examen microscópico. Algunas
veces, es evidente la presencia de sangre en la orina y puede ser necesario
efectuar transfusiones de sangre. El resultado final a menudo es la
reducción del tamaño de la vejiga. El diagnóstico
se establece con una cistoscopia, que puede detectar pequeñas
zonas de hemorragia y úlceras. Se han intentado un cierto número
de tratamientos, pero ninguno es particularmente satisfactorio. Cuando
un paciente sufre de síntomas insoportables que no responden
a ningún tratamiento, la vejiga debe ser extirpada quirúrgicamente.
Ureteritis
La ureteritis es una infección de uno o ambos
uréteres, que son los tubos que conectan los riñones a
la vejiga.
La extensión de una infección proveniente
de los riñones o de la vejiga es la causa más frecuente.
Otra causa de ureteritis es un retraso del flujo de orina debido a una
actividad nerviosa defectuosa de una parte del uréter. Se debe
tratar la infección subyacente del riñón o de la
vejiga. Las secciones del uréter en las cuales los nervios están
defectuosos deben ser extraídas quirúrgicamente.
Pielonefritis crónica
La pielonefritis crónica puede producir
un daño irreversible del riñón, llevando
finalmente a insuficiencia renal crónica.
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Pielonefritis
La pielonefritis es una infección bacteriana
de uno o de ambos riñones.
La Escherichia coli, una bacteria que normalmente
se encuentra en el intestino grueso, provoca aproximadamente el 90 por
ciento de las infecciones de riñón entre las personas
que viven en comunidad, pero sólo es responsable de aproximadamente
el 50 por ciento de las infecciones renales de los pacientes internados
en un hospital. Las infecciones generalmente ascienden de la zona genital
a la vejiga. Si las vías urinarias funcionan normalmente, la
infección no puede desplazarse hacia los riñones desde
los uréteres, puesto que el flujo de orina arrastra los microorganismos
y el cierre de los uréteres en su punto de entrada en la vejiga
también lo impide. Sin embargo, cualquier obstrucción
física al flujo de la orina, como un cálculo renal o una
dilatación de la próstata, o el reflujo de la orina desde
la vejiga al interior de los uréteres, aumenta la probabilidad
de una infección del riñón.
Las infecciones pueden también ser transportadas
a los riñones desde otra parte del cuerpo a través del
flujo sanguíneo. Por ejemplo, una infección en la piel
por estafilococos puede extenderse a los riñones a través
del flujo sanguíneo.
Otras situaciones que aumentan el riesgo de una
infección del riñón son el embarazo, la diabetes
y los procesos que disminuyen la capacidad del organismo para combatir
la infección.
Síntomas
Los síntomas de una infección del
riñón por lo general comienzan repentinamente con escalofríos,
fiebre, dolor en la parte inferior de la espalda, en cualquiera de los
dos costados (zonas lumbares), náuseas y vómito.
Aproximadamente un tercio de las personas que sufren
infecciones del riñón tiene también síntomas
de una infección de las vías urinarias inferiores, incluyendo
micción frecuente y dolorosa. Uno o los dos riñones, pueden
estar agrandados y doloridos y en la región lumbar del lado afectado,
se siente dolor. A veces los músculos del abdomen están
fuertemente contraídos. Una persona puede experimentar episodios
de dolor intenso provocados por los espasmos de uno de los uréteres
(cólico renal). Los espasmos pueden ser causados por la infección
o por el paso de un cálculo renal. En los niños, los síntomas
de una infección renal a menudo son ligeros y más difíciles
de reconocer. En una infección de larga duración (pielonefritis
crónica), el dolor puede ser vago y la fiebre puede ir y venir
o no haberla en absoluto. La pielonefritis crónica se produce
solamente en las personas que tienen alteraciones importantes subyacentes,
como una obstrucción de las vías urinarias, grandes cálculos
renales, o, más frecuentemente, el reflujo de la orina desde
la vejiga hacia los uréteres, en los niños pequeños.
Finalmente, la pielonefritis crónica puede lesionar los riñones
de tal manera que ocasiona su disfuncionamiento. El resultado es la
insuficiencia renal.
Diagnóstico
Los síntomas típicos de una infección
del riñón llevan al médico a realizar dos pruebas
complementarias habituales para determinar si los riñones están
infectados: el examen microscópico de una muestra de orina y
el cultivo de bacterias para determinar cuáles están presentes.
Se deben realizar pruebas adicionales a las personas
con intenso dolor de espalda provocado por un cólico renal, a
las que no respondan al tratamiento antibiótico en las primeras
48 horas o cuyos síntomas reaparecen poco después de finalizado
el tratamiento, y también a los varones, porque éstos
muy raramente desarrollan una infección de riñón.
Las ecografías o las radiografías que se efectúan
en estas situaciones pueden revelar la existencia de cálculos
renales, alteraciones estructurales u otras causas de obstrucción
urinaria.
Tratamiento
Debe iniciarse la administración de antibióticos
tan pronto el diagnóstico de una infección renal parezca
verosímil y se hayan tomado las muestras de orina y de sangre
para los exámenes complementarios. Se puede modificar la elección
del fármaco o su dosificación en función de los
resultados de dichas pruebas. El tratamiento con antibióticos
para prevenir la recidiva de la infección, por lo general, se
continúa durante 2 semanas, pero puede durar hasta 6 semanas
en el caso de los varones, en los que la infección es, habitualmente,
más difícil de erradicar. En general, a las 4 o 6 semanas
después de haber finalizado el tratamiento con antibióticos
se recoge una nueva muestra de orina para asegurarse de que la infección
ha sido erradicada.
Si las pruebas revelan alguna causa que favorece
la infección, como una obstrucción, una alteración
estructural o un cálculo, puede ser necesaria una intervención
quirúrgica que corrija esta situación.
A las personas que sufren infecciones frecuentes
del riñón, o cuyas infecciones reaparecen después
de haber finalizado el tratamiento con antibióticos, se les aconseja
tomar una pequeña dosis de antibiótico todos los días
a modo de terapia preventiva. La duración ideal de dicha terapia
no está establecida, pero a menudo se interrumpe al cabo de un
año. Si la infección vuelve a reaparecer, se puede continuar
con la terapia indefinidamente.