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ENFERMEDADES CARDIOVASCULARES
CAPITULO 25
Hipertensión arterial
La hipertensión arterial es generalmente una
afección sin síntomas en la que la elevación anormal
de la presión dentro de las arterias aumenta el riesgo de trastornos
como un ictus, la ruptura de un aneurisma, una insuficiencia cardíaca,
un infarto de miocardio y lesiones del riñón.
La palabra hipertensión sugiere tensión
excesiva, nerviosismo o estrés. Sin embargo, en términos
médicos, la hipertensión se refiere a un cuadro de presión
arterial elevada, independientemente de la causa. Se la llama "el
asesino silencioso" porque, generalmente, no causa síntomas
durante muchos años (hasta que lesiona un órgano vital).
La hipertensión arterial afecta a muchos
millones de personas con marcada diferencia según el origen étnico.
Por ejemplo, en los Estados Unidos en donde afecta a más de 50
millones de personas, el 38 por ciento de los adultos negros sufre de
hipertensión, en comparación con el 29 por ciento de blancos.
Ante un nivel determinado de presión arterial, las consecuencias
de la hipertensión son más graves en las personas de etnia
negra.
En los países desarrollados, se estima que
solamente se diagnostica este trastorno en dos de cada tres individuos
que lo padecen, y de ellos, sólo alrededor del 75 por ciento
recibe tratamiento farmacológico, y éste es adecuado sólo
en el 45 por ciento de los casos.
Cuando se toma la presión arterial, se registran
dos valores. El más elevado se produce cuando el corazón
se contrae (sístole); el más bajo corresponde a la relajación
entre un latido y otro (diástole). La presión arterial
se transcribe como la presión sistólica seguida de una
barra y, a continuación, la presión diastólica
(por ejemplo, 120/80 mm Hg [milímetros de mercurio]). Esta medición
se leería como "ciento veinte ochenta".
La presión arterial elevada se define como
una presión sistólica en reposo superior o igual a 140
mm Hg, una presión diastólica en reposo superior o igual
a 90 mm Hg, o la combinación de ambas. En la hipertensión,
generalmente, tanto la presión sistólica como la diastólica
son elevadas.
En la hipertensión sistólica aislada
, la presión sistólica es superior o igual a 140 mm Hg,
pero la diastólica es menor de 90 mm Hg (es decir, esta última
se mantiene normal).
La hipertensión sistólica aislada
es siempre más frecuente en la edad avanzada. Casi en todas las
personas la presión arterial aumenta con la edad, con una presión
sistólica que aumenta hasta los 80 años por lo menos y
una presión diastólica que aumenta hasta los 55 a 60 años,
para luego estabilizarse e incluso descender.
La hipertensión maligna es una presión
arterial muy elevada, que si no es tratada, suele provocar la muerte
en un período de 3 a 6 meses. Es bastante rara y se produce solamente
en alrededor de una de cada 200 personas con hipertensión arterial,
aunque los índices de frecuencia muestran variaciones en función
de diferencias étnicas (mayor frecuencia en pacientes de raza
negra), de sexo (siendo más frecuente en los varones) y de condición
socioeconómica (con mayor incidencia en pacientes de clase baja).
La hipertensión maligna es una urgencia médica.
Control de la presión
arterial 
La elevación de la presión en
las arterias puede deberse a varios mecanismos. Por ejemplo, el corazón
puede bombear con más fuerza y aumentar el volumen de sangre
que expulsa con cada latido. Otra posibilidad es que las grandes arterias
pierdan su flexibilidad normal y se vuelvan rígidas, de modo
que no puedan expandirse cuando el corazón bombea sangre a través
de ellas. Por esta razón, la sangre proveniente de cada latido
se ve forzada a pasar por un espacio menor al normal y la presión
aumenta. Esto es lo que sucede en los ancianos cuyas paredes arteriales
se han vuelto gruesas y rígidas debido a la arteriosclerosis.
La presión arterial se incrementa de forma similar en la vasoconstricción
(cuando las minúsculas arterias [arteriolas] se contraen temporalmente
por la estimulación de los nervios o de las hormonas circulantes).
Por último, la presión arterial puede aumentar si se incrementa
el aporte de líquidos al sistema circulatorio. Esta situación
se produce cuando los riñones funcionan mal y no son capaces
de eliminar suficiente sal y agua. El resultado es que el volumen de
sangre aumenta y, en consecuencia, aumenta la presión arterial.
Por el contrario, si la función de bombeo
del corazón disminuye, si las arterias están dilatadas
o si se pierde líquido del sistema, la presión desciende.
Las modificaciones de estos factores están regidas por cambios
en el funcionamiento renal y en el sistema nervioso autónomo
(la parte del sistema nervioso que regula varias funciones del organismo
de forma automática).
El sistema nervioso simpático, que forma
parte del sistema nervioso autónomo, es el responsable de aumentar
temporalmente la presión arterial cuando el organismo reacciona
frente a una amenaza. El sistema nervioso simpático incrementa
la frecuencia y la fuerza de los latidos cardíacos. También
produce una contracción de la mayoría de las arteriolas,
pero en cambio dilata las de ciertas zonas, como las de los músculos,
donde es necesario un mayor suministro de sangre. Además, el
sistema nervioso simpático disminuye la eliminación de
sal y agua por el riñón y, en consecuencia, aumenta el
volumen de sangre. Así mismo, produce la liberación de
las hormonas adrenalina (epinefrina) y noradrenalina (norepinefrina),
que estimulan el corazón y los vasos sanguíneos.
Por otro lado, los riñones controlan la presión
arterial de varios modos. Si la presión arterial se eleva, aumenta
la eliminación de sal y agua, lo que hace descender el volumen
de sangre y normaliza la presión arterial. A la inversa, si la
Regulación de la presión
arterial: el sistema renina-angiotensina-aldosterona
Cuando disminuye la presión arterial
(1) se libera renina (una enzima renal). La renina (2) a su vez
activa la angiotensina (3), una hormona que contrae las paredes
musculares de las arterias pequeñas (arteriolas) y, en
consecuencia, aumenta la presión arterial. La angiotensina
también estimula la secreción de la hormona aldosterona
de la glándula suprarrenal (4), provoca la retención
de sal (sodio) en los riñones y la eliminación de
potasio. Como el sodio retiene agua, se expande el volumen de
sangre y aumenta la presión arterial.
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presión arterial disminuye,
los riñones reducen la eliminación de sal y agua; en consecuencia,
el volumen sanguíneo aumenta y la presión arterial retorna
a sus valores normales. Los riñones también pueden incrementar
la presión arterial secretando una enzima denominada renina,
que estimula la secreción de una hormona llamada angiotensina
que, a su vez, desencadena la liberación de aldosterona.
Dado que los riñones son importantes para
controlar la presión arterial, muchas enfermedades y anomalías
renales elevan la presión arterial. Por ejemplo, un estrechamiento
de la arteria que alimenta a uno de los riñones (estenosis de
la arteria renal) puede causar hipertensión. Así mismo,
inflamaciones renales de varios tipos y la lesión de uno o ambos
riñones también causan efectos similares.
Siempre que por cualquier causa se produzca un aumento
de la presión arterial, se desencadena un mecanismo compensatorio
que la neutraliza y mantiene la presión en unos niveles normales.
Por tanto, un incremento del volumen de sangre bombeada por el corazón
que tiende a aumentar la presión arterial, hace que los vasos
sanguíneos se dilaten y que los riñones aumenten la eliminación
de sal y agua, lo que tiende a reducir la presión arterial. Sin
embargo, en caso de arteriosclerosis, las arterias se vuelven rígidas
y no pueden dilatarse, por lo que la presión arterial no desciende
a sus niveles normales. Las alteraciones arterioscleróticas en
los riñones pueden alterar su capacidad para eliminar sal y agua,
lo cual tiende a aumentar la presión arterial.
Causas
En aproximadamente el 90 por ciento de las
personas con presión arterial elevada, la causa es desconocida.
Tal situación se denomina hipertensión esencial o primaria.
La hipertensión esencial puede tener más de una causa.
Probablemente, una combinación de diversos cambios en el corazón
y en los vasos sanguíneos produce la subida de la presión
arterial.
Cuando la causa es conocida, la afección
se denomina hipertensión secundaria. Entre el 5 y el 10 por ciento
de los casos de hipertensión arterial tienen como causa una enfermedad
renal. Entre el uno y el dos por ciento tienen su origen en un trastorno
hormonal o en el uso de ciertos fármacos como los anticonceptivos
orales (píldoras para el control de la natalidad). Una causa
poco frecuente de hipertensión arterial es el feocromocitoma,
un tumor de las glándulas suprarrenales que secreta las hormonas
adrenalina y noradrenalina.
La obesidad, un hábito de vida sedentario,
el estrés y el consumo excesivo de alcohol o de sal probablemente
sean factores de riesgo en la aparición de la hipertensión
arterial en personas que poseen una sensibilidad hereditaria. El estrés
tiende a hacer que la presión arterial aumente temporalmente,
pero, por lo general, retorna a la normalidad una vez que ha desaparecido.
Esto explica la "hipertensión de bata blanca", en la
que el estrés causado por una visita al consultorio del médico
hace que la presión arterial suba lo suficiente como para que
se haga el diagnóstico de hipertensión en alguien que,
en otros momentos, tendría una presión arterial normal.
Se cree que en las personas propensas, estos breves aumentos en la presión
arterial causan lesiones que, finalmente, provocan una hipertensión
arterial permanente, incluso cuando el estrés desaparece. Sin
embargo, esta teoría de que los aumentos transitorios de la presión
arterial puedan dar lugar a una presión elevada de forma permanente
no ha sido demostrada.
Síntomas
Habitualmente, la hipertensión arterial es
asintomática, a pesar de la coincidencia en la aparición
de ciertos síntomas que mucha gente considera (erróneamente)
asociados a la misma: cefaleas, hemorragias nasales, vértigo,
enrojecimiento facial y cansancio.
Aunque las personas con una presión arterial
elevada pueden tener estos síntomas, también pueden aparecer
con la misma frecuencia en individuos con una presión arterial
normal.
En caso de hipertensión arterial grave o
de larga duración que no recibe tratamiento, los síntomas
como cefaleas, fatiga, náuseas, vómitos, disnea, desasosiego
y visión borrosa se producen por lesiones en el cerebro, los
ojos, el corazón y los riñones. Algunas veces, las personas
con hipertensión arterial grave desarrollan somnolencia e incluso
coma por edema cerebral (acumulación anormal de líquido
en el cerebro). Este cuadro, llamado encefalopatía hipertensiva,
requiere un tratamiento urgente.
Diagnóstico
La presión arterial se determina después
de que la persona haya estado sentada o acostada durante 5 minutos.
Una lectura de 140 /90 mm Hg o más es considerada alta, pero
el diagnóstico no se puede basar en una sola medición.
A veces, incluso varias determinaciones elevadas no son suficientes
para efectuar el diagnóstico. Cuando se registra una medición
inicial elevada, debe determinarse de nuevo y luego dos veces más
en días diferentes, para asegurarse de que la hipertensión
persiste. Las lecturas no sólo indican la presencia de hipertensión
arterial sino que también permiten clasificar su gravedad.
Cuando se ha establecido el diagnóstico de
hipertensión arterial, habitualmente se valoran sus efectos sobre
los órganos principales, sobre todo los vasos sanguíneos,
el corazón, el cerebro y los riñones. La retina (la membrana
sensible a la luz que recubre la superficie interna de la parte posterior
del ojo) es el único lugar donde se pueden observar directamente
los efectos de la hipertensión arterial sobre las arteriolas.
Se cree que los cambios en la retina son similares a los de los vasos
sanguíneos de cualquier otra parte del organismo, como los riñones.
Para examinar la retina, se emplea un oftalmoscopio (un instrumento
que permite visualizar el interior del ojo). El grado de deterioro de
la retina (retinopatía) permite clasificar la gravedad de la
hipertensión arterial.
Los cambios en el corazón (particularmente
una dilatación debido al incremento de trabajo requerido para
bombear sangre a una presión elevada) se detectan con un electrocardiograma
y una radiografía de tórax. En las fases iniciales, es
más útil el ecocardiograma (una prueba que utiliza ultrasonidos
para obtener una imagen del corazón). Un ruido anómalo,
denominado el cuarto ruido cardíaco, que se ausculta con un fonendoscopio,
es una de las primeras
| Medición
de la presión arterial |
 |
alteraciones cardíacas
causadas por la hipertensión.
Las lesiones iniciales del riñón se
detectan mediante un examen de la orina. La presencia de células
sanguíneas y albúmina (un tipo de proteína) en
la orina, por ejemplo, puede indicar la presencia de tal afección.
Así mismo, es necesario buscar la causa de
la presión arterial elevada, sobre todo si el paciente es joven,
aun cuando la causa es identificada en menos del 10 por ciento de los
casos. Cuanto más elevada es la presión arterial y más
joven es el paciente, más extensa debe ser la búsqueda
de la causa. La evaluación incluye radiografías y estudios
de los riñonescon isótopos radiactivos, una radiografía
de tórax y determinaciones de ciertas hormonas en la sangre y
en la orina.
Para detectar un problema renal, se toma como punto
de partida la historia clínica, haciendo énfasis en problemas
renales previos. Durante el examen físico, se explora la zona
del abdomen por encima de los riñones para detectar la presencia
de dolor. Con un fonendoscopio sobre el abdomen, se intenta localizar
la presencia de un ruido anormal (sonido que produce la sangre al atravesar
un estrechamiento de la arteria que alimenta al riñón).
Por último, se envía una muestra de orina al laboratorio
para su análisis y, si es necesario, se realizan radiografías
o ecografías con el fin de conocer el grado de suministro de
sangre al riñón, así como otras pruebas renales.
Cuando la causa es un feocromocitoma, en la orina
aparecen los productos de descomposición de las hormonas adrenalina
y noradrenalina. Habitualmente, estas hormonas también producen
varias combinaciones de síntomas como cefaleas intensas, ansiedad,
sensación de latidos rápidos o irregulares (palpitaciones),
sudor excesivo, temblor y palidez.
Otras causas raras de hipertensión arterial
pueden detectarse con ciertas pruebas sistemáticas. Por ejemplo,
la medición de la concentración de potasio en la sangre
facilita la detección de hiperaldosteronismo y la determinación
de la presión arterial en ambos brazos y piernas ayuda a detectar
una coartación de la aorta.
Pronóstico
Cuando la presión arterial elevada no se
trata, aumenta el riesgo de desarrollar una enfermedad cardíaca
(como insuficiencia cardíaca o infarto de miocardio), una insuficiencia
renal y un ictus a una temprana edad. La hipertensión arterial
es el factor de riesgo más importante de ictus y es también
uno de los tres principales factores de riesgo de infarto de miocardio
junto con el hábito de fumar y los valores de colesterol elevados.
Los tratamientos que hacen descender la presión arterial elevada
disminuyen el riesgo de ictus y de insuficiencia cardíaca. También
disminuye el riesgo de infarto, aunque no de forma tan clara. Menos
del 5 por ciento de los pacientes con hipertensión maligna sin
tratamiento sobrevive más de un año.
| Clasificación
de la presión arterial en los adultos |
Cuando la presión sistólica y diastólica
de una persona caen en categorías diferentes, se escoge
la más elevada para clasificar la presión arterial.
Por ejemplo, 160/92 mm Hg se clasifica
como hipertensión fase 2 y 180/120 mm Hg como hipertensión
fase 4.
|
La presión arterial óptima para minimizar el
riesgo de trastornos cardiovasculares se sitúa por debajo
de 120/80 mm Hg.
Deben evaluarse, sin embargo, las mediciones demasiado bajas
|
 |
Tratamiento
La hipertensión esencial no tiene curación,
pero el tratamiento previene las complicaciones. Debido a que la presión
arterial elevada en sí misma no produce síntomas, el médico
trata de evitar los tratamientos incómodos, molestos o que interfieran
con los hábitos de vida. Antes de prescribir la administración
de fármacos, es recomendable aplicar medidas alternativas.
En caso de sobrepeso y presión arterial elevada,
se aconseja reducir el peso hasta su nivel ideal. Así mismo,
son importantes los cambios en la dieta en personas con diabetes, que
son obesas o que tienen valores de colesterol altos, para mantener un
buen estado de salud cardiovascular en general. Si se reduce el consumo
de sodio a menos de 2,3 gramos o de cloruro de sodio a menos de 6 gramos
al día (manteniendo un consumo adecuado de calcio, magnesio y
potasio) y se reduce el consumo diario de alcohol a menos de 750 mililitros
de cerveza, 250 mililitros de vino, o 65 mililitros de whisky, puede
que no sea necesario el tratamiento farmacológico. Es también
muy útil hacer ejercicios aeróbicos moderados. Las personas
con hipertensión esencial no tienen que restringir sus actividades
si tienen controlada su presión arterial. Por último,
los fumadores deberían dejar de fumar.Es recomendable que las
personas con presión arterial elevada controlen su presión
en su propio domicilio. Dichas personas probablemente estarán
más dispuestas a seguir las recomendaciones del médico
respecto al tratamiento. Tratamiento farmacológico
En teoría, cualquier
persona con hipertensión arterial puede llegar a controlarse
dado que se dispone de una amplia variedad de fármacos, pero
el tratamiento tiene que ser individualizado. Además, es más
eficaz cuando ambos, paciente y médico, tienen una buena comunicación
y colaboran con el programa de tratamiento.
Los expertos no se han puesto de acuerdo sobre cuánto
se debe disminuir la presión arterial durante el tratamiento,
o sobre cuándo y cuánto debe tratarse la hipertensión
en estadio l (leve). Pero sí hay un acuerdo general sobre el
hecho de que cuanto más elevada es la presión arterial,
mayores son los riesgos (incluso cuando los niveles se encuentren dentro
de la escala normal). Así pues, algunos expertos subrayan que
cualquier aumento, aunque sea pequeño, debe ser tratado y que
cuanto más se consiga descender la presión, mejor. En
cambio, otros sostienen que el tratamiento de la presión arterial
por debajo de un cierto nivel, puede de hecho aumentar los riesgos de
infarto y muerte súbita en vez de reducirlos, sobre todo en caso
de enfermedad de las arterias coronarias.
Diversos tipos de fármacos reducen la presión
arterial a través de mecanismos diferentes. Por ello, algunos médicos
suelen utilizar un tratamiento escalonado. Se inicia con un fármaco
al cual se agregan otros cuando es necesario. Así mismo, también
puede realizarse una aproximación secuencial: se prescribe un fármaco
y, si no es eficaz, se interrumpe y se administra otro. Al elegir el fármaco,
se consideran factores como la edad, el sexo y la etnia del paciente,
el grado de gravedad de la hipertensión, la presencia de otros
trastornos, como diabetes o valores elevados de colesterol, los efectos
secundarios probables (que varían de un fármaco a otro)
y los costos de los fármacos y de las pruebas necesarias para controlar
su seguridad.
Principales órganos blanco
de la hipertensión arterial Los
principales órganos blanco son el cerebro,
el corazón, las grandes arterias y los riñones.
El examen adecuado de la retina por medio de un oftalmoscopio
permite observar cambios secundarios a la hipertensión.
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Habitualmente, los pacientes
toleran bien los fármacos antihipertensivos que se les prescriben.
Pero cualquier fármaco antihipertensivo puede provocar efectos
secundarios. De modo que si éstos aparecen, se debería
informar de ello al médico para que ajuste la dosis o cambie
el fármaco.
Los diuréticos tiacídicos con frecuencia
son el primer fármaco que se administra para tratar la hipertensión.
Los diuréticos ayudan a los riñones a eliminar sal y agua
y disminuyen el volumen de líquidos en todo el organismo, reduciendo
de ese modo la presión arterial. Los diuréticos también
dilatan los vasos sanguíneos. Debido a que provocan una pérdida
de potasio por la orina, a veces se deben suministrar conjuntamente
suplementos de potasio o fármacos que retengan potasio. Estos
fármacos son particularmente útiles en personas de etnia
negra, de edad avanzada, en obesos y en personas que padecen insuficiencia
cardíaca o renal crónica.
Los bloqueadores adrenérgicos (un grupo de
fármacos que incluyen los bloqueadores alfa, los betabloqueadores
y el bloqueador alfa-beta labetalol) bloquean los efectos del sistema
nervioso simpático, el sistema que responde rápidamente
al estrés aumentando la presión arterial.
Los bloqueadores adrenérgicos más utilizados,
los betabloqueadores, son especialmente útiles en los individuos
de etnia blanca, las personas jóvenes y las que han sufrido un
infarto de miocardio o que tienen ritmos cardíacos acelerados,
angina de pecho o migraña.
Los inhibidores de la enzima conversora de la angiotensina
disminuyen la presión arterial dilatando las arterias. Son en
especial útiles en los individuos blancos, las personas jóvenes,
en las que padecen insuficiencia cardíaca, en las que presentan
proteínas en la orina debido a una enfermedad renal crónica
o una enfermedad renal por la diabetes y en los varones que presentan
impotencia como resultado de un efecto secundario producido por la ingestión
de otro fármaco.
Los bloqueadores de la angiotensina II disminuyen
la presión arterial a través de un mecanismo similar (pero
más directo) al de los inhibidores de la enzima conversora de
la angiotensina. Debido al modo en que actúan, los bloqueadores
de la angiotensina II parecen causar menos efectos secundarios.
Los antagonistas del calcio provocan la dilatación
de los vasos sanguíneos por un mecanismo completamente diferente.
Son particularmente útiles en las personas de etnia negra, de
edad avanzada y las que padecen de angina de pecho (dolor de pecho),
de ciertos tipos de arritmias o de migraña. Informes recientes
sugieren que la administración de antagonistas del calcio de
acción corta aumenta el riesgo de muerte por infarto, pero no
hay estudios que sugieran dicho efecto para los antagonistas del calcio
de acción prolongada.
Los vasodilatadores directos dilatan los vasos sanguíneos
a través de otro mecanismo. Un fármaco de esta clase casi
nunca se utiliza solo; es más, suele utilizarse como un segundo
fármaco cuando el otro solo no disminuye suficientemente la presión
arterial.
Las urgencias hipertensivas , como por ejemplo la
hipertensión maligna, requieren una disminución rápida
de la presión arterial. Existen diversos fármacos que
disminuyen la presión arterial con rapidez; la mayoría
se administra por vía intravenosa. Estos fármacos comprenden
el diazóxido, el nitroprusiato, la nitroglicerina y el labetalol.
La nifedipina, un antagonista del calcio, es de muy rápida acción
y se administra por vía oral; sin embargo, puede causar hipotensión,
de modo que es necesario controlar rigurosamente sus efectos.
Tratamiento de la hipertensión secundaria
El tratamiento de la hipertensión secundaria depende de la causa
del aumento de la presión arterial. El tratamiento de una enfermedad
renal puede, a veces, normalizar la presión arterial o al menos
reducirla, de modo que en este último caso el tratamiento farmacológico
sea más eficaz. Una arteria obstruida que llega al riñón
puede dilatarse mediante la inserción de un catéter con
un balón que luego se infla. También puede solucionarse
mediante un cirugía derivativa del segmento estrechado; con frecuencia
este tipo de cirugía cura la hipertensión. Los tumores que
provocan hipertensión arterial, como los feocromocitomas, en general
pueden extirparse quirúrgicamente.